sábado, 9 de febrero de 2008

Tratá de amarlo [Cuento]

Ustedes saben, que, sobre todo en los pueblos chicos, cuando alguien consigue un terrenito y quiere construir, trata de llevar la casa lo más cerca posible de la vereda, cosa de tener todo el espacio de patio íntimo para adentro. Para lo que uno necesite, incluida la parrillita o algo así.

Este hombre del cual les voy a contar hizo al revés. Mandó la casa lo más atrás que pudo y dejó como unos siete metros entre la verjita que tenía para la vereda y el frente de la casa. Porque le encantaba que tuviera una pequeña caidita. Le tentaba la idea de hacer un parquecito de ocho por siete. Unos 50 metros cuadrados de un hermoso parquecito. Le encantaba tener un frente de ese tipo.

Lo trabajó bien al terrenito, eso sí. Y cuando se quiso acordar, había sembrado el césped. Era lindo. Como para cortarlo los sábados, regarlo y cuidarlo. Pero le empezaron a aparecer esas florcitas amarillas que tienen varios nombres: lengua de vaca, diente de león, en fin...

Claro, como no estaba en el proyecto de él que estas florcitas aparecieran se dedicó a carpirlas. ¿Se imaginan un césped lindo, parejito, y este hombre que va con la azada y corta estas siete plantitas? Quedaron los agujeros. Cuanto más lindo el césped, más quedó marcado el trabajo que había hecho la azada. El pobre se desanimó.

Al año siguiente no nacieron siete, le nacieron como treinta de esas plantitas. Porque, claro, el viento se lleva la semilla... Entonces dijo:

-¡No, no voy a hacer el trabajo del año pasado! ¡Sino me va a quedar el césped todo destrozado!

Le escribió a un amigo ingeniero para que le facilitara un herbicida. Preparó la mochila, puso el herbicida y fumigó cada una de las florcitas. A los pocos días estaban tristonas, como solterona en casorio ajeno. Imagínense: el pasto todo lindo, lindo y estas cuarenta plantitas medio marchitas que no terminaron de secarse. ¡Fue peor todavía!

El hombre al final no sabía qué hacer, cuando al tercer año le nacieron como sesenta plantitas como ésas, con flor y todo. Dijo:

-¿Qué hago?

Llamó a un especialista en jardines y le contó:

-Mire lo que me pasa. Tengo como cincuenta metros cuadrados de césped: el primer año, aparecieron unas plantitas; el segundo año, muchas más y le hice esto y lo otro y ahora fíjese, tengo dentro del césped como setenta de éstas. ¿Qué hago, señor?

Y el jardinero le respondió:

-Haga una cosa, trate de amarlas, y verá que le quedan lindas.

A veces puede ser que uno, en el esposo, la esposa y en los hijos note un defecto, una cualidad que por ahí uno no esperaba en esa persona. Entonces, hace todo lo posible por suprimírsela y lo único que consigue es estropearle la vida.

A lo mejor si a esa cualidad, a ese defecto, o a esa modalidad, uno llegara a amarla, hasta quedaría simpática. En el rostro de una chica linda, un lunar es una belleza más. ¿Y por qué no puede pasar así en la manera de ser de una persona?

A lo mejor si yo tratara de amar esa cualidad, hasta sería simpática.

Mamerto Menapace

5 comentarios:

  1. Que lindo mensaje y cuanta sabiduría!! lo mejor es aceptar lo que no podemos cambiar (en nosotros y los demás) y aceptar se trata de eso: de llegar a querer nuestros defectos y los ajenos, pero hay que tener mucha grandeza para lograrlo!! Besos y que tengas una linda semana

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  2. Que historia mas linda y una moraleja conmovedora!
    Gracias por compartirla linda amiga.
    En mi Blog tengo algo para compartirlo contigo.
    Un beso y mi afecto de siempre,
    Dolly

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  3. Que lindo cuento.. me gusto mucho amiga.....Te deje un premio para ti en mi blog.... un abrazo grande mi vida....


    cariños...

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  4. snif!!

    buena historia y con mucha razón...
    aunque a veces me siento como la florcita, muchas veces soy el dueño del césped... me alegra haber pasado por aquí.

    Saludos felinos.

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  5. Que historia tan linda. Me sirvió bastante, la voy a poner en práctica. Me alegro de haber llegado a tu blog y todo gracias a Dolly. Precioso.

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